22 de noviembre de 2013

Danilo Sánchez Lihón: Un ángel caído del cielo

Semblanza de Luis Valle Goicochea, autor de Las canciones de Rinono y Papagil y fundador de la (verdadera) literatura infantil en el Perú.

Vallecito con los hábitos franciscanos
1.

Era Luis Valle Goicochea un ángel caído del cielo. Totalmente inerme, indefenso, expuesto al mundo arisco, despiadado y cruel de cada día.

Ante el cual batirse con toda la ingenuidad y la bondad herida que a él lo aprisionaba, era una batalla anteladamente perdida.

Era un ángel doblegado, pero no réprobo. Porque no todos los ángeles con algo de extravío son quienes entraron en rebelión con el padre y se hicieron protervos, sino que la mayoría de poetas son ángeles desterrados y desguarnecidos.

Pero este era un ángel despeñado, aunque conmovedoramente bueno. No es que pretendiera el trono y fuera castigado haciéndose execrable y siniestro.

En él ocurría lo contrario: a todo renunciaba. Y bebió el cáliz de la dulzura hasta probar su gota más fatal y amarga.

Ángel calmo, apacible y desvalido; habitando el horror del mundo ante el cual no tenía ningún escudo ni adarme con qué defenderse.

Una “rara avis” entre los seres humanos. Un ser signado con un estigma en la frente y en el alma, en quien hicieron mella todos los dardos, lanzas y espadas, sin que hubiera rodela o broquel tras el cual pudiera guarecerse.

2.

Y esto desde cuando era niño. Lo supieron sus padres que le buscaron un refugio en el seminario de San Carlos y San Marcelo de Trujillo.

Quizá para ser amparado, arropado y protegido por las únicas manos que pudieran salvarlo del cierzo que sobre él se cernía, y que no podían ser otras que las manos de Dios.

¡En vano! Era demasiado honda su pena. Y a la herida de sí mismo se sumó otra herida: la herida de lo divino.

Tocado por Dios y sus hondos e inabarcables enigmas, demasiado asustado por los pozos negros de las cosas para ser conducido sin tropiezos en este mundo, no pudo ya sosegar su angustia sino con un dios terreno y mundano que destruye acerbamente: el licor.

Y con él deambuló sin fin por los laberintos del lenguaje, los meandros de lo sagrado y de taberna en taberna aún con su sotana de monje hacia donde escapaba a medianoche de la celda de los conventos que lo acogían, sea en Trujillo, en Lima, en Arequipa o el Cuzco.

3.

Herido porque las cosas desaparecen. Herido por la vida de un pajarillo, Rinono, que un día desapareció del árbol frente a su casa en el cual se cobijaba. Herido por lo que se sabe, pero más por lo que no se sabe:

Rinono cantaba todas las mañanas
en los árboles del frente.
No tenía lindos colores: era oscuro pero bueno.
La Rarra lo llegó a querer
y como nosotros lo quería.
Pobre pajarito: una tarde
le contó un cuento no sé quién.
Rinono voló por donde quedan
los eucaliptos del Tingo.
Y desde entonces no volvió jamás.
Nos queríamos, el pajarito y nosotros:
así: él en su árbol, nosotros en la casa.
Toda la tarde hemos llorado con la Rarra.
Rinono ya no volverá.

4.

Dios no solo no fue suficiente para apartarlo del abismo en el cual caía, sino que bebía para condolerse de Dios.

Era entonces testigo y peregrino del absoluto, en quien palpitaba el desconcierto bajo el ritmo acompasado, los sones y los tambores broncos del dolor.

Le rondó la pobreza en todo sentido.

Su vida fue escueta, parca, simple. Hundido más en visiones, delirios y mansos crepúsculos que se apagaron a sus 42 años, edad en la cual acabó con su vida que fue un lento suicidio y este el suicidio definitivo.

Pero antes se fue muriendo de pena. Se fue secando de añoranza. Se fue agostando de soledad, de nostalgia y melancolía.

Ernesto More escribió:

"Valle, que parecía destinado al ara y al misal, terminó sólo con el cáliz. Murió fiel a la sangre de Cristo y fiel también a la Doctrina del Maestro: sin un centavo y con el alma blanca".

5.

Es sus versos es parco y escueto como fueron sus padres y sus ancestros, y la gente de su aldea.

Tienen sus versos un giro hacia lo simple y prosaico. No se deja tentar por lo sonoro ni mucho menos por lo rimbombante.

En ellos recuerda su calle, la lluvia y sus tejas.

Y desde allí desprende una manera de decir, de mirar y contemplar imprevistos, como si descubriéramos el hechizo en el borde del rebozo de un ser querido al interior de una casa.

Son versos sueltos, si es posible irreverentes.

Hechos con una música libre, de rara belleza. De belleza matinal, desvencijada.

Donde el lenguaje es suelto, es otro lenguaje, otro acorde, otra música.

Con sones de arpa, destemplada. Pero, hay algo por lo cual se siente estar ante un gran poeta.

6.

Él era un ser en quien la inocencia hizo carne y llaga; flor y espina, aureola y lastimadura. Expuesto a un mundo atroz, esa llaga se convirtió en abismo y caída.

De allí que su poesía sea el resuello de un lamento, el vaho de un quejido. O más precisamente, el hálito de una agonía.

Siempre estuvo herido de muerte, porque era mucha la inocencia que brotaba de su alma. Y era amarga la destrucción desde afuera a ese candor intrínseco de su naturaleza. Y de cómo es la vida en las ciudades, y de cómo era en el mundo andino de donde él venía.

Aquí el invasor estruja todo lo bueno y hace que prevalezca todo lo inicuo. Pero, además, porque la poesía hay que padecerla, cuando su destino era complacernos de ella y hasta gozarla.

De allí que bajo su aparente ternura ruga la muerte. Bajo el aparente candor se cierne el abismo. Bajo la aparente sencillez teje su urdimbre lo aciago, lo intrincado y condenado que hay en la vida y el universo.

7.

No se registra en su biografía ningún amor de mujer. Sin embargo se enamoraba perdida y locamente de ellas.

Pero habitaron su mundo de imágenes y sueños, mujeres que el idealizaba.

Sobre esto le pregunto a don Arturo Jiménez Borja, quien fue su amigo entrañable.

– ¿Fue amado por alguna de ellas? 
– No. Nadie.
– ¿Por ninguna?
– Ninguna estuvo cerca de él en su vida.
– Y, ¿por qué?
– Porque las mujeres son personas muy prácticas.
– Yo lo sé, pero también sufren penas de amor.
– Pero se enamoran de personas que puedan protegerlas, darles bienestar y seguridad. 

8.

Y un ser como Luis Valle Goicochea no cumplía con esos requisitos. Él no era práctico para nada.

Sin embargo, se batió a duelo con Julio Fernando Quevedo Iturri, en Trujillo defendiendo el honor y el amor romántico que le nació al instante por una cantante chilena que actuó un solo día en el Teatro Municipal de esa ciudad norteña, y de quien Quevedo Iturri hizo una referencia para él inaceptable.

Él mismo cogió la flecha de sus ojos, la incrustó en su pecho y sangró de amor.

Ella desapareció tal como había llegado, sin que se enterara jamás que alguien estaba arriesgado en su nombre la vida.

Estuvo decidido a morir por ella una noche tenebrosa en las ruinas de Chan Chan, adonde se trasladaron los ocasionales rivales para batirse a duelo.

Solo Ciro Alegría supo, porque él las cambió, que las pistolas con balas mortales no eran tales, sino otras de fogueo. Sin embargo, en el ánimo de los duelistas quedó que sus vidas habían estado en vilo. Y que habían disparado a matar.

9.

Fue un hombre a quien se le fue acrecentando la pena a medida que el tiempo pasaba.

Tristeza esencial por todo aquello que a los mortales posiblemente no nos importa o nos tiene sin cuidado.

Y ¿qué es? Las preguntas esenciales sin respuestas, el misterio del mundo y de la existencia.

Porque hay almas que sienten y ven más allá de lo que sentimos los demás mortales. Ellos son los artistas y poetas.

Pero en él todo es tan nimio, y que sin embargo lo hace gigantesco. Todo en él es partir de algo tan simple, para volverlo tan significativo, como:

“Me entristece
mientras voy por la callecita recordando
cierta antigua pared a medio hacer...”

10.

Su vida fue una lenta crucifixión, un obediente suplicio, una desdicha anterior a cualquier resultado.

Un dolor inmenso le embarga acerca del mundo, como si le hirieran personalmente. Como si él mismo fuera la única víctima, siendo que todos lo padecemos. Pero eso no lo contenta. Sin embargo, nos sacude el alma como si míos fueran todos sus miedos y desventuras.

Por ejemplo, que todo acabe, que todo fenezca y todo se pierda.

De allí que todo en él sean recuerdos de infancia, referente que la muerte los vaya carcomiendo, arruinando, sepultando.

Lo único valioso y trascendente no existe en ningún otro lado sino en el hogar. Y es en este recinto en donde más acosa y golpea la muerte.

11.

Porque nada más sensible que el hogar para un niño desvalido como es él. El hogar es el refugio, ámbito de ternura, espacio donde todo es abrigador.

Pero la muerte lo amenaza y lo acecha todo. Y finalmente lo sume en su oscuridad más tenebrosa.

De allí que la cultura andina tuvo que implementar una concepción de organización comunal en donde la familia se proyectara en un orden más amplio a fin de paliar este sentimiento de orfandad.

Pero no solo está herido por esto sino también por Dios. Atravesado de un misticismo estupefacto.

Y al sentirse abrumado por todo ello ha buscado refugio en el licor.

Y de los conventos en donde es monje se escapa a alguna taberna insomne en donde amanece más hierático, ensimismado y silente que nunca.

12.

El 13 de agosto de 1953 un hombre permanecía sentado desde la medianoche en una banca de la Plaza Italia en el cercado de Lima. Parecía inerte pero estaba llorando.

Desde lejos vio venir a un auto que corría a alta velocidad, bajando por la calle lateral del jirón Ancash. Vio su oportunidad. Se irguió y se puso al borde del sardinel y calculó. Se echó a andar, atravesando la calle justo cuando pasaba el vehículo.

Chirrían los frenos y el golpe es duro. Él sale arrojado a la vereda de la plaza, exactamente al pie de la banca donde había estado sentado.

Su cuerpo flácido ha volado por el aire. Es un fantasma. No tiene un solo documento. No se queja. No modulaba palabra alguna. No dice nada. No revela quién es ni como se llama.

Pese a que el dolor que siente es atroz no prorrumpe con un solo grito ni menos un quejido.

13.

Pero el destino quiere que sorba aún más el cáliz del dolor.

Se arrastra sangrante hasta la misma banca en donde ha estado sentado y al pie de ella espera la muerte.

Esa muerte a la cual ha evocado tantas veces.

¿Quién es para los demás ese NN primero en el hospital y poco después en la morgue?

Es un poeta insigne. Es un tañedor del lenguaje más egregio. Es un enamorado romántico de las mujeres más bellas de su tiempo. Es un periodista insomne.

Es un espíritu desvelado por el avatar en que se desenvuelve su época. Amigo de las personalidades más acrisoladas de su generación. Es un mago, un vidente, un alarife.

Es uno de los más grandes espíritus aquel que yace tendido y mezquino bajo la banca de este parque desvelado. Es aquel que ha hecho restallar a las palabras sus voces más prístinas.

14.

Había nacido este poeta en La Soledad, un villorrio del distrito de Parcoy, en la provincia de Pataz, en el departamento norteño de La Libertad, en el Perú. Nació en una aldea humilde de casas absortas, sostenidas por paredes vetustas y tejados inmóviles pero titubeantes, conmovidos y estupefactos de soportar el más abismal misterio de las estrellas en el infinito.

Aunque siempre recordó su onomástico el 2 día de noviembre, día para mayor coincidencia, de los Difuntos, sin embargo nunca supo exactamente qué año nació, siendo el más probable el de 1911, con lo que estaríamos cumpliendo en esta fecha un centenario de su nacimiento.

Pero su vida sí coincide con el nombre de su pueblo puesto que transcurrió en una atroz soledad, como si quisiera ser leal con su lugar de origen, lar al que evocó, cantó y tuvo presente en todos sus escritos, como también en todos sus pensamientos.

Pero su vida coincide también con el onomástico de su nacimiento, el 2 de noviembre, signado por la muerte, los trasmundos y las caídas hondas del alma. Su vida estuvo atravesada en todo momento por ese misterio.

15.

Fue alumno primero de sus padres, quienes tuvieron como desempeño ser maestros y enseñaron a leer y escribir a su pequeño hijo.

Pero los estudios primarios y secundarios formales los realizó en el Seminario de San Carlos y San Marcelo de la ciudad de Trujillo.

El año 1926, al terminar la Educación Secundaria, postuló para ser sacerdote en esa misma casa de estudios.

Sin embargo, en 1929, atraído por la bohemia abandona dicho propósito y se dedica al periodismo. Pero, sobre todo, a escribir literatura y sobre todo a la pasión de su vida: la poesía.

Algunos de sus cuentos y poemas empiezan a publicarse en las revistas de su época.

He aquí un poema de su primer libro:

16.

Tú eres mi hermana por que escribiste
conmigo, a escondidas,
el apodo a Don Benjamín en la puerta
de la casa.
Porque una noche que llovía te preocupaste
conmigo
de un nido que la tala dejó al sereno…
Porque cuando eras chiquita te cargó
la Rarra…
Porque nos miramos juntos en los ojazos
de la vaca pintada.
Porque mamá es tu mamá…
¿Te acuerdas?
Sabíamos que los jilgueros jugaban
en los árboles cercanos
y entonces la Rarra nos llamaba a mirar
los últimos pollitos…
¿Te acuerdas? Estabas conmigo
cuando murió mi corderito y para consolarme
me ofreció otro Rosalía...
Me preocupa hoy que estamos lejos
la pared torcida de la casa vieja...

17.

En 1934 se inscribe en la Facultad de Letras de la Universidad Católica, para seguir estudios de literatura. Sin embargo, no pudo proseguirlos por factores de índole económica.

Después de varios años trabajando como periodista y escritor, de forma muy súbita regresó a los hábitos religiosos, ingresando al Convento de San Francisco de Lima en 1943.

Luego sería enviado como padre franciscano a Urquillos en el Cuzco.

En 1948 regresó a Lima para trabajar en la Biblioteca del Seminario de la Facultad de Letras de San Marcos, también en el Museo Arqueológico y en el diario El Comercio, donde escribía crónicas lacerantes denunciando problemas sociales bajo el seudónimo de "Carlos Bernabé".

En 1950 sufrió una fuerte enfermedad que lo postró por dos meses y lo dejó con la salud muy resquebrajada. Durante los años siguientes ingresaba y salía de los nosocomios en donde se atendía. Falleció trágicamente la mañana del 13 de agosto de 1953.

18.

Son sus principales obras:

Las canciones de Rinono y Papagil, libro que se publicó el año 1932 gracias al apoyo del poeta Enrique Bustamante y Ballivián, con una portada diseñada por el pintor cajamarquino Camilo Blas y con dos poemas prólogos de Enrique Barrenechea.

Este libro es uno de los más amados textos infantiles de su generación.

A través de poemas y canciones, nos presenta a Rinono, un pajarito cantarín que embelesa a la Rarra con su canto.

Alrededor suyo, otros animales y humanos se reúnen para también cantar con sus composiciones, destacándose el viejo Papagil, que hace de maestro de Rinono.

Esta obra destila cariño y ternura en cada uno de sus poemas.

19.

Otro libro es El sábado y la casa, editado en 1934, siguiendo el estilo y los temas que expusiera en Las canciones de Rinono y Papagil, Luis Valle escribe esta colección que lo consagra como poeta para niños.

Pero esta vez, junto con la alegría y la luminosidad de su obra anterior, coloca también poemas más nostálgicos y sentimentales que agregan textura, intensidad y más encanto a su poética.

¿Qué puede haber de más desolador que esta asociación de sábado y de casa? Así es un sábado vacío, imprevisible, casi una desgracia, o una fatalidad.

Marianita Coronel, 1943. Libro que cierra su trilogía poética, iniciada con Las canciones de Rinono y Papagil y que potenciara al infinito en El sábado y la casa. Los temas principales son el paisaje, los animales, la vida de campo y los niños.

20.

Pero no es únicamente este libro sino que todas las obras de Luis Valle Goicochea forman un sólo fresco, con su drama y su paisaje propios.

Así también: Parva, Paz en la tierra y otros. Visión de un poeta que ha elegido la infancia para con ese corazón sentir el mundo.

Visión de un niño en quien la ternura, la sencillez y el candor son una elección y una sabiduría. Visión de quien ha temblado ante el presagio de la muerte y las pérdidas irreparables.

La poesía de Luis Valle Goicochea es el canto a lo sencillo, a ese mundo de la infancia transido de vivencias íntimas y ligeras, en donde el ambiente de la casa y el paisaje rural están recogidos con profunda naturalidad:

Niñitos, váyanse a dormir
la gata ha amanecido con gatitos.

21.

Luis Valle Goicochea, junto con Francisco Izquierdo Ríos, Carlota Carvallo y Abraham Arias Larreta, hizo de la Literatura Infantil una obra de arte y no un anexo al trabajo didáctico escolar.

Su poesía, sencilla y exacta, convoca profundas emociones hacia el mundo que rodea al niño: su familia y hogar, su colegio, el campo de juego, los animales.

A través de la ternura y el cariño que imprime en cada poema, demostró un profundo amor a la infancia y a su significado para las sociedades.

El escritor Sebastián Salazar Bondy destacó esta característica diciendo:

"En sus delicados libros están para siempre la infancia, el lar, los bosques, la luz, sus hermanos, los animales (domésticos), las montañas, el juego, los sábados y la casa, firmes como un sábado infinito".

22.

Su estilo también fue destacado por el académico y crítico literario Luis Alberto Sánchez, quien comenta de él:

"Valle Goicochea, en su obra poética, convocó a la sencillez y a la castidad, como Eguren y Martín Adán, pero no se enredó en giros retóricos, ni se entregó a pesquisas semánticas; no hizo experimentos. Cantó, cantó lo tierno, lo profundo, lo humanamente irrenunciable... Amaba las cosas simples y las expresaba simplemente".

Su obra sigue estando vigente en los niños, maestros y autores actuales quienes buscan entre sus versos un compañero de juego y una inspiración para su propia labor y vida.

Y es que su sensibilidad no caduca, porque esta nace de valores que se renuevan en todo momento en nuestra sociedad, como lo es el amor a la familia, el compromiso hacia nuestros compañeros y hacia la naturaleza y la unión solidaria de todos los seres humanos.

Para conocer más acerca del poeta, narrador y ensayista Danilo Sánchez Lihón visita Letras y vidas

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