15 de septiembre de 2012

Kenzaburo Oé: Guiado por los muertos (El grito silencioso, 1967)

GUIADO POR LOS MUERTOS

Al despertarme en la oscuridad que precede al amanecer, persigo el sentido ardiente de la «esperanza», busco a tientas los restos del sueño amargo que persisten en mi conciencia. El tanteo esperanzado de los inquietos sentimientos sigue buscando, inútilmente, el revivir de la efusión de la ardiente «esperanza» en lo más recóndito de mi cuerpo como si fuera la sensación de su existencia que deja el whisky cuando baja quemándote hasta las entrañas. Cierro dedos que han perdido las fuerzas. Y en todo mi cuerpo siento por separado los pesos de la carne y del hueso, aunque compruebo que esa sensación que me embarga se transforma en un dolor denso que va avanzando por mi conciencia con cierta desgana mientras esta se dirige hacia la luz. Con resignación, vuelvo a cargar así con un cuerpo pesado que se siente como si no tuviera continuidad, densamente dolorido por doquier. Dormía con los brazos y las piernas retorcidos, en la actitud de quien no desea saber de sí ni acordarse de su situación.
Al despertarme, siempre busco ansioso el sentimiento de la ardiente «esperanza» perdida. No es un sentimiento de carencia, sino un anhelo positivo de «esperanza» ardiente en sí. Al comprender que no me es posible encontrarla, trato de desligarme hacia la pendiente del segundo sueño. ¡Duerme, duerme, el mundo no existe! Sin embargo, esta mañana el veneno es extremadamente fuerte, lacera todo mi cuerpo, corta mi retirada hacia el sueño. El pánico pugna por brotar a borbotones. Debe de faltar una hora para que salga el sol. Hasta entonces no habrá manera de saber qué día hará. Estoy acostado en medio de la oscuridad sin comprender nada, como un feto. Antes, en ocasiones como esta, ciertas prácticas sexuales resultaban un consuelo, pero ahora, a los veintisiete años, casado, y con un hijo ingresado en un sanatorio, al pensar en masturbarme la vergüenza que me inunda marchita al instante las yemas del deseo. ¡Duerme, duerme; si no puedes hacerlo, fíngelo al menos! (...)


(...) Mi innata fealdad hubiera preferido permanecer silenciosa e inadvertida, oculta en la sombra, pero era expuesta continuamente a la luz por culpa del ojo perdido. Con todo, le di una finalidad a ese ojo que se había quedad sin función: hice que se volviera hacia la oscuridad del interior mi cráneo, una oscuridad llena de sangre y de un calor más intenso que el del resto de mi cuerpo. Mi ojo se convirtió en un centinela al que puse de guardia en el bosque de mi noche interior, y me forcé así a adiestrarme para vigilar lo que ocurre dentro de mí. (...)


(...) Sentado en el fondo de un pozo, con un perro sobre las rodillas en este amanecer otoñal, no puedo decir qué era lo que mi hermano tenía en la cabeza, de igual manera que no puedo decir qué era lo que había  crecido día a día en la mente de mi amigo hasta empujarle a matarse disfrazado de modo tan horrible. La muerte corta los hilos de la comprensión. Hay cosas que un suicida no se atreve a decir a quienes le van a sobrevivir. Y a estos siempre les queda la duda de si no habrá sido precisamente a causa de esas cosas que no se atrevía a contarles por lo que el difunto decidió darse muerte. Pero sin esa aclaración, aunque haya pistas que guíen a los sobrevivientes hacía las causas de desastre, siempre tendrán la sensación de que los han guiado hasta algo que resulta, simplemente incomprensible. Si mi amigo, antes de pintarse la cabeza de bermellón y ahorcarse desnudo con un pepino en el ano, hubiera llama por teléfono, por ejemplo, para lanzar un breve lamento angustiado, sin duda tendríamos una pista. Ahora bien, también podemos suponer que la cabeza pintada de bermellón, el pepino en el ano, la desnudez y el ahorcarse eran una especie de lamento silencioso, aunque para los sobrevivientes no constituyó una pista suficiente. Yo no podía seguir las pistas que había dejado porque eran demasiado vagas. Y, no obstante, nadie estaba en posición más ventajosa para comprender a mi difunto amigo. (...)

El grito silencioso
Traducción de Miguel Wandenbergh

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